Ciudad de México. La euforia se desbordó mucho antes de que BTS apareciera. Luces moradas se agitaban entre lágrimas, abrazos y jóvenes incapaces de quedarse quietas mientras el humo de los fuegos artificiales cubría parcialmente la plataforma central del Estadio GNP Seguros.
Bastó la aparición de las siluetas de RM, Jin, SUGA, j-hope, Jimin, V y Jung Kook para que el recinto estallara en una estampida de alaridos.
La agrupación surcoreana ofreció este jueves el primero de tres conciertos en la Ciudad de México como parte del Arirang World Tour, su regreso al país después de casi una década. Más de 60 mil asistentes acompañaron un montaje gigantesco donde fuego, pantallas monumentales y estructuras móviles rodearon un escenario 360 que dominaba el foro de punta a punta.
Incluso antes de que comenzara el concierto, distintos sectores del estadio comenzaron a entonar Cielito lindo. El coro se expandió rápidamente entre las gradas mientras cientos de luces moradas se balanceaban sobre el inmueble. Durante algunos minutos, el fenómeno global del K-pop se mezcló con una de las canciones más reconocibles de la tradición popular mexicana.
Por momentos, la reacción del público remitía a las imágenes históricas de la beatlemanía. Reporteros y asistentes comparaban la magnitud de los gritos con aquellos conciertos donde el estruendo terminaba por devorarse la música. A ello se sumaban decenas de bailarines que aparecían entre plataformas elevadas, destellos y llamaradas que cruzaban el inmueble como relámpagos.
“¿Están listos para encender la noche?”, dijo uno de los integrantes apenas tomó el micrófono. La respuesta llegó en forma de un rugido colectivo que recorrió las gradas.
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Run BTS cayó como una detonación de adrenalina. Las coreografías avanzaban con una precisión feroz: cambios milimétricos, pasos exactos y carreras de un extremo al otro sin perder coordinación. Frente a ellos, el mar de luces subía y bajaba al mismo tiempo como si todo el estadio siguiera un solo impulso.
Fake Love levantó un coro inmenso; MIC Drop hizo vibrar el piso y Fire provocó otra sacudida sobre las gradas mientras columnas de humo envolvían las pasarelas inferiores. Nadie quería permanecer sentado. Había jóvenes afónicas antes de la mitad del concierto, otras lloraban sin apartar la mirada del escenario y varias se abrazaban cada vez que alguno de los integrantes dirigía unas palabras al público.
“Está impresionante. Nunca había visto algo así”, señaló una asistente mientras levantaba la vista hacia el despliegue luminoso que cubría el estadio.
La intensidad no disminuía. Después de horas de espera, el público todavía encontraba nuevas reservas de fervor. Bastaba un gesto en las pantallas o alguna frase de los integrantes para levantar otra oleada de voces.
En uno de los momentos del concierto, las pantallas dejaron de lado los visuales habituales para proyectar mensajes dedicados al grupo escritos por las Armys. “Bienvenidos a México”, “Son mi universo” y otras frases aparecieron entre gritos y celulares levantados. Poco después, los integrantes reaparecieron con sombrero y provocaron otra sacudida de euforia en el inmueble.
Más adelante, el escenario simuló un estadio de futbol. Entre visuales inspirados en una cancha, los integrantes aparecieron con camisetas de “Mexico City” y realizaron una coreografía que volvió a encender a la multitud.
Daniel López Aguilar
“No puedo creer que sí vinieron”, repetía una chica junto a su amiga. “Pensé que jamás iba a verlos aquí”.
Uno de los momentos más intensos llegó durante Idol, cuando los integrantes descendieron del escenario con banderas de BTS y recorrieron las pasarelas rodeadas por vallas de seguridad.
Más allá de la maquinaria del K-pop, BTS construyó una relación emocional poco común con sus seguidores. Varias asistentes explicaban que las canciones del grupo se volvieron una forma de soporte emocional porque hablan de ansiedad, autoestima, duelo y la posibilidad de levantarse después de momentos difíciles.
“Cuando peor estaba, ellos aparecieron”, dijo Mariana, de 20 años, quien viajó desde Puebla. “Había días donde no quería salir de mi cuarto. Escucharlos me hacía sentir acompañada”.
Magic Shop cubrió el inmueble con una atmósfera más íntima; Permission to Dance levantó otra ola de brincos y cánticos colectivos.
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La influencia de la agrupación también alcanzó la estética del público. Sobre las gradas aparecieron maquillajes brillantes, cabello teñido, ropa inspirada en los videos del grupo y una forma de vestir donde lo masculino y lo femenino parecían mezclarse sin demasiadas reglas.
“Ellos no tienen miedo de verse delicados. Eso gusta muchísimo porque acá muchos hombres todavía quieren aparentar dureza todo el tiempo”, explicó Renata, estudiante universitaria de 17 años.
Horas antes del concierto, BTS todavía ocupaba las conversaciones tras su visita a Palacio Nacional y el encuentro con la presidenta Claudia Sheinbaum. Sin embargo, dentro del GNP dominaba otra cosa: el vínculo entre siete artistas y una generación que encontró en sus canciones una forma de compañía.








