En su libro Las siete casas vacías, la autora argentina Samanta Schweblin nos mete en un mundo que no es el nuestro, y sin embargo lo es. La narrativa central se desdobla en siete cuentos que entrelazan lo cotidiano con lo que nos incomoda: una realidad permanente de vacíos, inconformidades e insatisfacciones. Es el juego de los convencionalismos de la sociedad moderna, hoy perdida muchas veces en la frivolidad y la trivialidad, aceptando todo lo que brota en redes: información corta, no profunda y las más de las veces, distorsionada.

Esa distorsión parece ser el alma de la “cuarta transformación”. En sus operaciones cortesanas, condena a México a una narrativa negativa, llena de complicidades y evasivas para negar lo evidente: el involucramiento de actores políticos con el crimen organizado y el uso de recursos del narcotráfico para ganar elecciones a la mala, con amenazas, coerción y hasta secuestros.
Es lamentable que haya tenido que ser un gobierno extranjero, el de Estados Unidos, quien desenmascare lo que en siete años no hemos podido enfrentar desde casa. El miedo nos paraliza y seguimos viviendo en estas siete casas vacías.
Las apariencias que esconden engaños y manipulaciones nos vuelven prisioneros y cómplices, incapaces de ver más allá y de actuar para defender un orden institucional que dé certeza jurídica y opere a favor de un buen gobierno.
Pero la realidad engaña y nos aleja. Caemos en el juego vacío de Morena para que siga apropiándose de México.
Morena no es México, y México no está condenado. Ni la capitulación ni la rendición están en la agenda de la sociedad civil. Hay tiempo para recuperarnos y evitar que este poder asfixie; que la miopía y el destrozo en que se ha convertido el país se diluyan. El “Plan México” tiene cinco llamados y cero respuestas: no hay certeza para la inversión extranjera, no hay un poder judicial autónomo que la respalde. El riesgo es caer en capitulación y expropiación como instrumento de poder y amenaza.
Los hombres en el gobierno generan su propia ruina. Su naturaleza de dominar y apoderarse de todo es su forma de “justicia en nombre del pueblo”, y depende más de sus complicidades que del desarrollo de un proyecto alternativo que nos convierta en potencia intermedia.
El falso sentido del honor, disfrazado de discurso en nombre del pueblo, refleja un ego enorme, soberbia, indolencia. Es lo que suele conducir a hombres y gobiernos a la ruina.
Las siete casas vacías son producto de seis años de un aldeano lleno de complejos y resentimientos que llenaron los bolsillos de sus seguidores ciegamente a cambio de vaciar al país. Seguido nulo crecimiento económico, poca generación de empleo, enorme inseguridad creciente. Los ciudadanos se sienten inseguros porque viven inseguros, son rehenes del crimen organizado por esta visión, y este pacto perverso para someter a los ciudadanos.
Revelar la verdadera naturaleza de la perversión con la que se ha gobernado México en estos siete años de “siete casas vacías” es exhibir la incapacidad y la poca preparación para estar a la altura de este gran país.
Ante la próxima negociación del T-MEC, la clase empresarial, productora, generadora de empleos y riqueza, está ocupando el espacio para negociar con dignidad, vinculada al interés nacional y desmarcándose de estas siete casas vacías: siete años de gobierno de los “Cuatroteístas”.
Las casas y el país están vacíos de inversionistas, de crecimiento, de prosperidad, de desarrollo. Pero los bolsillos, las cuentas bancarias y las cuentas en el extranjero de los miembros de la cuarta transformación están llenos.
Tremendo vacío en el que, como país, estamos metidos .








