Cuando la herida es interna

A Mi Manera, por Rodrigo Yescas Núñez

A Mi Manera, por Rodrigo Yescas Núñez 

Durante años la narrativa política en México fue bastante clara: la 4T avanzaba y la oposición atacaba. Todo señalamiento se explicaba bajo ese esquema. Si había un escándalo, era “guerra sucia”; si aparecía un reportaje incómodo, era un medio “con intereses”; si surgían acusaciones, eran adversarios queriendo frenar el proyecto.

Pero algo cambió.

Las acusaciones que hoy golpean a figuras relevantes del oficialismo —nombres que pesan dentro del movimiento— ya no provienen necesariamente de la oposición. No vienen únicamente de columnas críticas ni de organizaciones civiles incómodas. Tampoco exclusivamente de medios identificados con un sesgo político.

Vienen, cada vez más, del propio entorno del poder.

Y eso es otra cosa.

Porque una cosa es resistir ataques externos y otra muy distinta es sobrevivir a filtraciones internas, versiones cruzadas, expedientes que misteriosamente aparecen, testimonios que surgen desde el mismo círculo político y guerras silenciosas dentro del movimiento. Lo que estamos viendo ya no parece una confrontación ideológica; parece una disputa de poder.

Y cuando las pugnas internas se vuelven públicas, el problema deja de ser mediático y se vuelve político.

No son señalamientos menores. Se habla de huachicol, de tráfico de influencias, de vínculos con grupos criminales. Son palabras que pesan. Son temas que, durante años, fueron la bandera moral del propio movimiento para diferenciarse de los gobiernos anteriores.

Ahí está la paradoja.

La 4T construyó su legitimidad en la idea de superioridad ética. En la promesa de que el poder ya no serviría para enriquecerse, para proteger intereses o para pactar con la ilegalidad. Por eso, cuando estas acusaciones surgen desde adentro, el golpe es doble: no solo lastiman a las personas señaladas, erosionan el discurso completo.

Y esa erosión inevitablemente alcanza a la presidenta Claudia Sheinbaum.

Porque el gobierno puede cambiar de titular, pero el proyecto político es el mismo. Y más aún: termina alcanzando también al propio López Obrador, fundador, referente moral y arquitecto del movimiento. Al final, todo poder hereda también las responsabilidades de su origen.

El problema no es únicamente si las acusaciones son verdaderas o falsas —eso debería determinarlo una investigación seria—, sino que el país vuelve a colocarse en un terreno conocido: el de los escándalos que indignan unos días, dominan la conversación pública… y después se diluyen.

¿Alguien sabe cómo está Adán Augusto López?

México vive en una especie de paradoja permanente: pasan demasiadas cosas, pero casi nunca pasa nada.

Cambian los partidos, cambian los discursos, cambian los slogans, pero el ciudadano termina viendo lo mismo: investigaciones que no llegan a fondo, expedientes que se enfrían, responsabilidades que se pierden entre declaraciones políticas.

Y ahí está el verdadero riesgo.

No para un partido, ni para un gobierno, ni para un presidente.

Para la credibilidad misma del Estado.

Porque cuando los señalamientos son graves y no hay consecuencias, el mensaje es devastador: no importa quién gobierne, la impunidad sigue siendo la constante.

Ojalá esta vez fuera distinto.

Ojalá, por una vez, en este país donde ocurren tantas cosas… finalmente pasara algo. Nos vemos…

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