El duelo de los espejismos y el campus de la eterna obediencia

La Cruda Verdad por Ale Olvera

Sin duda alguna, la nota política de la semana fue el presunto debate que se llevaría —o se va a llevar, o se cancelará por falta de quórum espiritual— a cabo entre el diputado federal Gilberto Herrera Ruiz y el presidente municipal de Corregidora, Josué “Chepe” Guerrero. Visto desde afuera, y tratando de guardar la compostura, lo único que se puede concluir es que, ante la alarmante escasez de espectáculos públicos de calidad en la provincia, la opinión pública ha decidido elevar a rango de gesta heroica lo que en términos llanos no es más que un “picudeo” de banqueta. Es este un fenómeno muy mexicano: maximizar lo simplón y potenciar lo vacuo, como si el destino de la República dependiera de un duelo de oratoria entre dos caballeros que, sinceramente, tienen tantas posibilidades de encontrarse en la misma boleta electoral como un servidor de ganar el maratón de Boston. A menos, claro, que Herrera decida que la Ciudad de México le queda grande o muy fría y opte por buscar la alcaldía de Corregidora, donde, hay que decirlo, se convertiría en un auténtico dolor de muelas para la administración actual.

Pero más allá del morbo que representaría el evento —que para muchos tiene el mismo atractivo que ver una pelea de gallos sin gallos—, es evidente que para Gilberto Herrera el reto de “Chepe” y el consiguiente alboroto en la grey panista resultaron ser una bocanada de aire fresco en sus aspiraciones. Tras pasar varias semanas confinado en el gueto de la intrascendencia, donde el silencio es el peor castigo para un político, Herrera vuelve a marcar agenda. Y lo más triste del caso es que no lo logra por méritos propios o propuestas revolucionarias, sino por cortesía de sus adversarios, quienes lo han convertido en su “villano favorito”. Al engancharse en cualquiera de sus desplantes, la oposición le regala una vigencia que, de ser ignorada, terminaría siendo una llamarada de petate: mucho ruido, mucha luz momentánea y, al final, solo un montón de cenizas que ensucian el traje.

Lo que sí amerita un análisis más riguroso, y quizá un manual de urbanidad institucional, es la actuación de la rectora de la Universidad Autónoma de Querétaro, Silvia Amaya. Alguien tendría que explicarle a la ciudadanía —y de paso a la comunidad universitaria— cómo es que un diputado federal dispone de las instalaciones de la Máxima Casa de Estudios como si fueran su casa de campaña o el patio de su recreo. Ver el noticiero “universitario” convertido en una suerte de vocería oficial del legislador nos hace sospechar que, en los pasillos del campus, la autonomía es un concepto elástico. Es evidente que, a pesar de los cambios de oficina, Herrera sigue mandando, operando y siendo el verdadero poder detrás del escritorio, demostrando que, en la política queretana, como en las haciendas de antes, el dueño sigue siendo dueño, aunque ya no viva en el casco principal.

“Haber salido de la rectoría para mandar desde la diputación es un gran avance; es como salir de un manicomio para mudarse a un circo, con la ventaja de que en la Universidad todavía le guardan la silla y le pagan el micrófono.”

El arte de la encuadernación política y la ruta hacia el 2027.

En la política queretana, donde las formas suelen ser tan rígidas como el acueducto, hay quienes han comprendido que el camino más corto entre dos puntos no es el grito, sino la elegancia de un libro de pasta dura. Quien de manera positiva sigue marcando la agenda y alimentando las conversaciones en los cafés donde se decide el futuro —pero sobre todo consolidando la percepción de la sucesión estatal— es el actual Secretario de Desarrollo Social, Luis Nava. El fin de semana, con la parsimonia de quien entrega una herencia bien administrada, puso en manos del Gobernador su obra titulada “Querétaro con Luis Nava: visión e innovación”. Este compendio no es un simple ejercicio de nostalgia; es un inventario de realidades y testimonios ciudadanos que certifican, negro sobre blanco, que su paso por la capital no fue una casualidad, sino un método.

Es evidente que Nava y su equipo han descifrado el código del mercado electoral: aquí se premia la estabilidad y la eficacia probada. Tras recibir un municipio marcado por la estridencia y el escándalo estético de administraciones pasadas, Nava logró lo que en la política moderna parece un milagro: pacificar la nómina y la calle. Superó desafíos tan drásticos como una pandemia que puso a prueba los nervios de cualquiera, y no solo mantuvo el rumbo, sino que logró una reelección holgada que le permitió, finalmente, entregarle a Felifer Macías un camino perfectamente “planchado”, sin baches financieros ni socavones políticos.

Al entregar este libro al Gobernador, el mensaje es nítido y va más allá de la cortesía editorial: Nava no solo está cerrando un capítulo, está presentando sus credenciales para escribir el siguiente tomo de la historia estatal. En un mundo de mensajes efímeros y políticos de ocasión, él apuesta por la permanencia del papel y la solidez de los resultados, recordándole a quien manda en el estado que, mientras otros apenas están aprendiendo a leer el mapa, él ya construyó la carretera.

“La política es el arte de escribir un libro tan sólido que el Gobernador lo use de guía y el sucesor de almohada; al final, lo más difícil no es gobernar una capital, sino convencer a todos de que el siguiente libro debería llevar tu nombre en la portada de Palacio.”

El Banquete de las Sillas Vacías.

Por cierto, para aquellos que buscan señales en todo —desde el vuelo de los pájaros hasta el fondo de la taza de café—, el día de ayer en el marco de la “Casa de la Marquesa” se llevó a cabo una reunión que se antojaba poco más que imposible entre diversos actores de la 4T. Como aquí no importa quién convocó para no herir susceptibilidades de los invitados (que en política suelen ser más frágiles que el cristal de Bohemia), solo diré que se sentaron a la mesa cuatro de los cinco posibles candidatos a gobernador con las dirigencias estatales de MORENA, PT y PVEM: Beatriz Robles, Ricardo Astudillo, Gilberto Herrera y Luis Humberto Fernández. Verlos a todos juntos, compartiendo el pan y la sal bajo los techos labrados de la vieja casona, fue un espectáculo digno de una tregua diplomática tras una guerra de cien años. Resulta fascinante observar cómo la cercanía del 2027 tiene el poder de obrar milagros, transformando antiguos desplantes en sonrisas de cortesía y logrando que personajes que habitualmente no se cruzan ni la mirada, acepten ahora posar para la posteridad como si fueran aliados de toda la vida.

Sin embargo, el cuadro de la “unidad perfecta” quedó incompleto. El gran ausente fue el director del IMPI, Santiago Nieto, quien justificó su silla vacía apelando a cuestiones personales de la agenda de su distinguida esposa; una excusa que en el lenguaje cifrado de la política local se lee como un “prefiero no estar en una foto donde no soy el protagonista único”. Mientras los presentes se esforzaban por demostrar que entre ellos no hay más que armonía y deseos de bienestar social, la ausencia de Nieto operó como un elefante invisible en el salón: todos sabían que estaba ahí, precisamente porque no estaba. En estas cenas de la unidad, el que falta siempre tiene la ventaja de no comprometerse con el brindis, pero corre el riesgo de que los presentes decidan, entre café y postre, que el ausente es quien debe pagar la cuenta de los platos rotos que vendrán en la campaña.

“La unidad política es algo maravilloso: consiste en sentarse a la mesa con tus peores enemigos para decidir quién de todos es el que menos estorba; pero hay que olvidar en estos ágapes si no puedes identificar quién es el tonto de la mesa a los diez minutos, es que el tonto eres tú… o que el que falta en la foto es el plato principal”

Tras bambalinas.

La mayor muestra de la unidad de la 4T fue, paradójicamente, una silla vacía. Más tardó Santiago Nieto en argumentar motivos personales y agendas conyugales para justificar su ausencia en la “Casa de la Marquesa”, que en filtrarse que el verdadero motivo es que ya le recortaron el collar. La instrucción de la mismísima Presidenta fue nítida y sin escalas: para jugar por la gubernatura, primero debe soltar el “hueso” del IMPI.

 “Nieto dice que no fue por amor a su esposa, pero la verdad es que en Palacio le recordaron que nadie puede servir a dos amos: o se queda con el hueso y la correa corta, o suelta la silla y se arriesga a que en la próxima cena el invitado de honor sea su propio despido.”

Como siempre, la mejor opinión es la suya. Yo solo les pido que no me crean a mí, sino que les crean a sus propios ojos; y si de plano no les gusta lo que aquí se escribe, ¡por favor, no me lean! No se mortifiquen la existencia, que la vida ya es bastante complicada como para andar leyendo letras incomodas.

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