El espejo humeante en el Palco FIFA

Revelaciones Por Sergio Martínez Chavarría

De acuerdo a la mitología azteca, Tezcatlipoca es uno de los dioses más temidos del panteón mexica. No por capricho. Es la encarnación del cambio, la noche y el destino. Patrón de los guerreros jaguar, representa la oscuridad, lo material y la guerra. Su poder no está en el trueno, sino en el espejo.

Tenía un espejo negro hecho de obsidiana. No para la vanidad, sino para confrontar. Quien se miraba no veía lo que quería ser, veía lo que era. La verdad sin maquillaje, sin mañanera, sin vocero.

Observar ese espejo permitía ver el destino crudamente: indescifrable, sin adornos, sin distorsiones. La cruda realidad.

En Palacio Nacional recibieron hace poco, a manera de ofrenda ritual, ese espejo. Procedente de la Corte del Este de Nueva York. Y el reflejo no gustó. Vieron que su movimiento, la llamada cuarta transformación, cojea desde hace rato. Sin propaganda y con todo y mañaneras, el reflejo es siniestro. Un diálogo convertido en monólogo que siempre termina en tormenta. Una naturaleza que ya se pudrió por dentro.

Y entonces llegó la invitación. No de su pueblo. De Washington.

La ironía suprema: la invitación es para ir al vecino país, a Estados Unidos, a un deporte que desprecian por fifí. La final de la Copa del Mundo de la FIFA. Invitación que, según trascendió, cursó el propio presidente Trump.

La señora que le dio la espalda a su propia Selección Nacional en su propio país, siendo México anfitrión, y que orgullosamente le dio una alegría increíble a los mexicanos durante cinco partidos, negándose a pisar el Estadio Azteca. Tan orgullosa de no ir que entra en una triste estadística: será la primera jefa de Estado en la historia que no inaugura una Copa del Mundo siendo anfitriona desde 1938. Mucho amor al pueblo, poco amor al estadio.

Pero bastó que llegara el citatorio del norte, disfrazado de invitación FIFA, para tomar el avión.

Que en un primer momento no podía aterrizar, porque los humos negros del espejo humeante, mezclados con los humos de los bosques quemados de Canadá, no dejaban ver con claridad el puerto de llegada.

Se tuvo que tomar un avión de la Fuerza Aérea Mexicana. Esos aviones que tanto criticaron, pero que para eso son: para trasladar con seguridad a los jefes de Estado. Así llegó por la noche al Hyatt de Nueva York.

Ahí, de acuerdo a fuentes de la DEA, dos funcionarios invitaron a la señora a una breve reunión. Sin cámaras. Sin mañanera. Le entregaron sendas carpetas con nombres, fechas y acontecimientos por venir, una vez acabado el jolgorio mundialista. El espejo en forma de expediente.

Al día siguiente, el cuadro completo en el palco de Nueva Jersey: el presidente de Estados Unidos Trump, el Primer Ministro de Canadá Carney, el mismísimo Rey de España, aquel al que le han exigido que pida perdón por la conquista de hace 500 años, cuando ni México ni España existían, y como si totonacos, tlaxcaltecas y demás pueblos originarios no se hubieran aliado con los españoles para acabar con el dominio mexica. Y, por supuesto, la portadora del mensaje: la señora que representó a México.

En el palco también había invitados de segundo nivel, seguramente para pasar las bebidas o cargar la charola, una vez que le regresaron las cartas que envió errónea y equivocadamente a ICE. Se las regresaron porque no son los conductos diplomáticos, sino que el envío de cartas directas se interpretó como una injerencia en asuntos internos de nuestro vecino país del norte. Y además, no es la forma de defender a los migrantes mexicanos, con poca efectividad pero eso sí, buscando mucho protagonismo. El espejo negro de Tezcatlipoca los puso en su lugar. Qué vergüenza.

México ha dejado vacías durante siete años las sillas de política internacional donde alguna vez tuvo peso, representación y prestigio. Hoy nos sentamos donde nos dicen y aplaudimos cuando nos indican.

En la cancha, el dominio total: España, que no dejó que Argentina tirara ni una sola vez a la portería. Tres goles, uno validado, suficiente para ser campeona del mundo.

Curioso y trágico a la vez: ver a la señora que exige que España pida disculpas, colocando 26 medallas de oro a los jugadores españoles y entregándoles la Copa del Mundo. El anti-espejo en todo su esplendor.

¿Qué se comentó en ese palco? Seguramente temas diplomáticos, pero también el comentario crudo e irónico procedente del espejo humeante de Tezcatlipoca, que se coló hasta el palco FIFA.

Y ahí, entre brindis, la exigencia de los 10 impresentables sinaloenses, como lo comentó el director de la DEA, Terry Cole, tras la sentencia de cadena perpetua contra el Mayo Zambada, uno de los criminales más peligrosos del mundo, con fortuna superior a la del Chapo. “Esto es solo el inicio, no es el final”, dijo Cole.

El presagio ya está: los tambores de guerra de Tezcatlipoca suenan del lado de Estados Unidos. Ellos se pintan la cara para la batalla. Mientras aquí se esconden, como si esconderse bastara.

Porque el destino ya está echado en contra de quienes vivieron en complicidad y en impunidad con el crimen organizado. Y de la trama del huachicol fiscal, que apunta a ese que le decían Robespierre el sexenio pasado y se paseaba por los pasillos de Palacio Nacional, porque era el encargado de cortar cabezas.

La señora fue obediente al norte a que le anticiparan lo que va a suceder en su propio país, al igual que Gianni Infantino lo fue cuando Trump le solicitó retirar la tarjeta roja de expulsión directa al delantero de la selección estadounidense Balogun para que pudiera jugar contra la selección de Bélgica. Lo que ella no ha querido, o no ha podido, resolver: impunidad, vinculación con bandas criminales y huachicol fiscal.

Y a manera de cierre: en este Mundial se jugaron 104 partidos. Aparte se metieron 308 goles y se sacaron 15 tarjetas rojas de expulsión, el Mundial con más tarjetas rojas en la historia, y 266 amarillas. ¿Acaso la última acción de Trump fue sacar la tarjeta roja número 16 a la señora?

Lo curioso es que la última presencia de la señora en el mundial de fútbol fue confrontarse fielmente con la obsidiana negra del espejo humeante de Tezcatlipoca, y al abrir los ojos ver enfrente de ella al Rey de España, y tenerle que decir, con reconocimiento y admiración, con las medallas en la mano: ¡Felicidades mi Rey!

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