Shakespeare escribió El Rey Lear hacia 1606. Lo hizo como crítica directa a la soberbia de los gobernantes de su tiempo: esos que confundían el aplauso con la verdad y desterraban a quien se atrevía a no mentirles. Cuatro siglos después, el libreto sigue en cartelera. Solo cambian los actores, en el caso de México más mediocres.

El arquetipo es teatral y viejo: el rey bravucón que le echa pleito al mundo entero desde el balcón, pero cuando el de enfrente se quita el saco, el monarca descubre que la puerta de servicio siempre estuvo abierta, del 2018 a la fecha solamente ha entrado más basura y cada vez más pestilente y el hedor alrededor ya es insoportable. El hedor y la basura proviene de cajas de tomates llegados desde Sinaloa.
En Palacio Nacional la reina se ha dejado de ver en el espejo y ya no se pregunta “espejito, espejito, ¿quién es la más guapa del reino?”, porque el rostro se empieza a marchitar viendo las cifras de la desaceleración económica y la falta de confianza de inversionistas que no invierten en su país, porque no creen el discurso lleno de engaños y jugadas de distracción.
Rey Lear reparte el reino a quien mejor le miente, destierra a Cordelia por atreverse a no aplaudir, y humilla a Kent por decirle “señor, está usted equivocado”. Se siente todopoderoso. Tres actos después anda sin corona, sin hijas y sin techo, hablándole a la tormenta. Bravucón con los cortesanos, poeta con los truenos.
La ironía de 2026: Mientras en Palacio se recita el evangelio de la soberanía, afuera el mundo pasa lista. Mientras siguen llegando cajas de tomates podridos de Sinaloa, y no solamente son las obras por los aranceles y los tomates podridos de los que habla el presidente Trump, Marco Rubio convocó a una gran reunión para definir zonas de influencia y exigir lealtades, lanzando una seria advertencia a la reina en México. Marco Rubio cierra filas enérgicamente en contra de los gobiernos dogmáticos de izquierda, donde el menú principal, al no asistir a la mesa, puede ser México con todo y sus tomates podridos.
El TMEC no se rectificó. Ahora toca revisión anual por una década. Una década. Eso ya no es tratado comercial: es cita con el dentista cada 12 meses, sin anestesia. Cada año el doctor revisa, pica, y pregunta: “¿Duele aquí?”. Y aquí siempre duele.
El sarcasmo involuntario: Cuando la narrativa oficial habla de “abrazos”, afuera otros gobiernos hablan de “designaciones”. Cuando aquí se presume “estrategia”, afuera se filtran “preocupaciones”. Cuando una fiscal tiene que salir a dar tres versiones distintas de dónde quedó el piloto que se llevó al Mayo del otro lado de la frontera, se tiene que echar tres tacos de lengua con todo y el sabor a jitomates sinaloenses podridos. Eso evidencia la cruda verdad: que al aldeano que nos gobernó le pasaron una bola rápida, y eso que se presumía que el beisbol era “su fortaleza”. Y aparte el ex embajador Ken Salazar contradice los dichos de la fiscal, y la selección nacional se niega a ir a las mañaneras porque no son marionetas que se puedan presumir, una vez que hubo desdén y se les dio la espalda al inicio del mundial, negando su apoyo. La cuarta transformación se queda sin sinónimos. El diccionario también se agota.
En Sinaloa las crónicas se escriben solas. Un capo histórico termina en Estados Unidos y las explicaciones locales cambian de mañanera en mañanera. Qué curioso que el GPS de la justicia siempre marque norte. Qué coincidencia que las cortes del sur de Nueva York tengan mejor cartelera que la Cineteca Nacional. El estelar en la cartelera que viene de Nueva York es los resultados del canto de los últimos meses de los cinco tenores. Estrenos cada semana. Y dicen que la próxima temporada viene fuerte.
El riesgo: la economía no entiende de versos. Las calificadoras ya recitaron el suyo: 0.5% para México. Brasil, 2.4%. No es competencia, es espejo. Sin inversión pública que multiplique y con la inversión privada preguntando “¿y la certidumbre, apá?”, el modelo hace agua. Y el agua no respeta trinchera.
Rey Lear terminó hablando con la tempestad porque confundió lealtad con obediencia y estrategia con ego. Aquí el balcón sigue lleno, el coro sigue cantando, y la tribuna ya sacó el celular para grabar. Porque al balcón, ahora le están arrojando todos los tomates podridos de Sinaloa y eso ya genera una pestilencia que como nube tóxica se expande por todo el territorio nacional. Y porque cuando el rey miente el pueblo se vuelve Notario.
La factura tiene fecha: elecciones intermedias del 2027. El teatro isabelino era implacable con el tercer acto. Y el público de hoy, además, tiene memoria.
Que nadie se sorprenda: el espejito de la reina ya se quebró. ¿Acaso será ese el destino del resto del sexenio? Pura mala suerte por andar cubriendo a los cómplices. Mientras tanto, vemos cómo todos los actores del gobierno, mientras más se mueven, solitos, se hunden. Aunque el aldeano con el apuntador en medio de los tomates podridos siga soplando el guion detrás del telón.








