Por Rodrigo Yescas Núñez
El llamado “Plan B” de la reforma electoral —ese paquete que prometía cambiar reglas clave del sistema— hoy no está muerto… pero tampoco vivo. Está en pausa. Y en política, pausar casi siempre significa recalcular.
El aplazamiento no es menor. No se trata solo de tiempos legislativos o de agenda saturada: es un síntoma. Un síntoma de que el consenso no alcanzó, de que las tensiones internas existen y de que incluso dentro del oficialismo hay matices que ya no se pueden esconder bajo la narrativa de unidad absoluta.
Aquí entra el PT.
El Partido del Trabajo, históricamente aliado del bloque gobernante, ha dejado ver una postura más cautelosa. No es un rompimiento —todavía—, pero sí un mensaje. El PT entiende algo que a veces Morena parece olvidar: las reformas profundas no solo se ganan con mayoría, se sostienen con legitimidad. Y ahí es donde el debate se vuelve incómodo.
Porque mientras Morena empuja la narrativa de transformación institucional, el PT parece preguntarse: ¿a qué costo político?
Del otro lado, la oposición ha hecho lo que mejor sabe hacer últimamente: resistir. Sin votos suficientes para frenar todo, pero con la capacidad de alargar, cuestionar y judicializar. Su estrategia no es ganar en el Congreso, sino ganar en el tiempo… y eventualmente en la Corte.
Y ahí está el verdadero tablero.
El aplazamiento del Plan B no es una derrota para nadie, pero tampoco una victoria. Es una pausa estratégica donde todos están midiendo fuerzas:
– Morena, para ver hasta dónde puede empujar sin fracturarse.
– El PT, para no quedar atrapado en decisiones que le resten capital político.
– La oposición, para seguir apostando al desgaste y a los contrapesos institucionales.
En el fondo, lo que está en juego no es solo una reforma electoral. Es el modelo de poder que México quiere para los próximos años.
Porque cuando una reforma necesita pausarse, no es por falta de prisa… es por exceso de tensión.
Y esa tensión —la real— apenas empieza. Nos vemos…








