La democracia no empieza el día de las elecciones, empieza mucho
antes, en la pantalla de un celular, antes de un café, antes de la
primera conversación, antes incluso de que aparezca un argumento,
antes de las urnas ya pasó por nosotros un video fuera de contexto,
una frase fabricada para irritar o una imagen dudosa.
Cuando salimos de nuestra casa, la conversación pública ya ha sido
empujada unos milímetros al enfado, a la sospecha y esto es
importante porque la democracia necesita lo contrario, necesita
tiempo, distancia y matiz.
La conversación pública está alojada en celulares que ganan dinero
por videos o por fotos, que entre más alterados estén, generan más
me gusta, la democracia digital no funciona como una prolongación
de la democracia tradicional, hoy la democracia mexicana se apoya
en una tecnología vieja y frágil.
Las plataformas no son neutrales, ya intervienen en los procesos
electorales, recomiendan, priorizan, eliminan, convierten una pieza
marginal en tendencia nacional; cada día nos movemos a espacios
gobernados por reglas opacas y con pocas obligaciones con los
sistemas legales democráticos, la confianza pública se erosiona con
facilidad incluso antes de que se instalen las urnas.
No estamos ante una generación despolitizada, estamos ante una
generación que desconfía de lo tradicional y por eso muchos
jóvenes no piden que se frene la tecnología, piden que se gobierne y
la innovación sin regla casi nunca produce libertad, produce una
desigualdad.
México, ante las elecciones del 27, tiene que revisar el marco legal, la
democracia vuelve a depender de cosas mucho más básicas, como
es la comunidad, la credibilidad y la conversación.Ante esto tenemos dos opciones: la primera dejar que las cosas
sigan como están y la segunda, hacer las modificaciones legales que
permitan que el voto no sea manipulado y que sea la expresión real
de lo que la gente quiere, nunca debemos olvidar que quien vota
gobierna y que votar es una forma de gobernar.








