Tartufo (A) vs Pato Merlin

Por Sergio Martínez Chavarría

Molière estrenó Tartufo, el impostor en 1664 ante Luis XIV. Fue inmediatamente censurada por la corte y los grupos de poder que se sintieron aludidos. Cinco años después, en 1669, fue reestrenada en cinco actos, ya con permiso del Rey Sol. La comedia sobrevivió porque el público entendió el chiste antes que el poder.

Tartuffe es un hongo que se esconde. Por eso “tartufo” nombra al falso devoto: besa el suelo, reparte versículos de salvación y, mientras Orgón llora de emoción, le firma las escrituras de la casa.

Orgón es el ingenuo que confunde fervor con virtud. Madame Pernelle aplaude todo lo que huela a incienso. Elmira duda, investiga y tiende la trampa. Cleanto razona y pierde. Dorina, la criada, suelta las verdades que la familia no quiere pagar. Y Tartufo… Tartufo solo vino por los bienes, pero ya que está aquí, también se lleva a la hija, el prestigio y las llaves de la bodega.

En 2018 llegó a Palacio Nacional una sotana laica. Hablaba de patria, de pueblo, de historia. Orgón —esa parte del país que necesita creer— abrió la puerta y puso la mesa. Madame Pernelle se volvió coros mañaneros: “Todo está bien, todo es voluntad del cielo”. Elmira preguntó por las cuentas. Cleanto advirtió del desbalance. Dorina, desde la red social, se rió: “A este Tartufo ya le vimos las botas”.

La Presidenta heredó la sacristía. Oficia la misa de la “continuidad” con el mismo fervor con que Orgón defendía al impostor. Si hay humo, dice que es copal. Si hay gritos, dice que es coro. Si hay expedientes, dice que es guerra sucia. El misal no se discute: se recita.

La Secretaria de Gobernación cambió la placa de la oficina. Antes custodiaba la seguridad; hoy custodia el guion. Cuando un escándalo despega sin piloto, sale al balcón con candor de Elmira invertida: “¿Y el piloto? ¿Quién lo vio? ¿A qué hora?”. No para aterrizar la verdad, sino para que la obra sume otro acto.

El joven y Cándido Secretario de Relaciones Exteriores debutó con la toga de la opacidad. Piden un papel y él responde con cinco años de reserva. Es la misma censura que Luis XIV le aplicó a Molière, pero ahora viene con folio y firma electrónica. Afuera invoca el derecho internacional como si fuera salmo; adentro archiva bajo llave lo que incomoda. Tartufo también era muy de citar la ley… cuando el juez era amigo.

El error de cálculo del Tartufo moderno fue el Mundial. Cuando el balón rueda, Orgón sale a la calle y descubre que hay más Elmiras que Madame Pernelles. Que el prestigio no lo da el púlpito mañanero: lo da la tribuna. Y la tribuna, mal que le pese al libreto, ya entendió que no es beneficiaria de dádiva. Es dueña del estadio.

Y entonces entró el Pato Merlín. El Mundial dio a conocer a una mascota de familia: un pato pekinés que seguía a su dueña Karla por todas las plazas con la camiseta de la Selección Nacional.

El pato es pato, camina como pato y suena como pato. Por eso su autenticidad, con la verde puesta, se volvió símbolo colectivo de identidad nacional. Fue nombrado embajador de la FIFA y firmó contrato con el Atlante. A la familia le cambió la vida la autenticidad.

Pero una cosa es ser pato y otra muy distinta, hacerse pato. Desde 2018 la puesta en escena oficial repite la misma acotación: evadir. Cuando afuera piden resultados claros, adentro responden con sermón de soberanía. Cuando otros estados reconocen que la cooperación da frutos, aquí se regresa al libreto de la víctima. Como Tartufo, se usa la retórica para correr el telón sobre lo incómodo.

Ya no se pueden seguir haciendo patos y exigir trato de socio de primera sin reglas claras para la inversión.
Ya no se pueden hacer patos y patear la revisión del TMEC como si el calendario fuera sugerencia.
Ya no se pueden hacer patos con el Poder Judicial: sin certidumbre jurídica no hay inversión nacional ni extranjera que aguante la función.
Ya no se pueden hacer patos cuando la tribuna pide resultados: seguridad, crecimiento, Estado de derecho.

Tienen que aprender la lección del Pato Merlín, invitado incluso en las mañaneras como figura emergente: la autenticidad. Ser lo que se dice ser. Porque el público ya distingue entre un pato de verdad y un elenco que solo grazna quack, quack, quack.

Molière remató su comedia con el Rey bajando a escena. Aquí el Rey es la tribuna. Y la tribuna ya leyó los cinco actos. Sabe que el hipócrita se divierte mientras el ingenuo lo permite.

La sentencia social está dictada: México no es capilla de una facción. Cuando el público se pone de pie, se acaba la función. Aunque el apuntador siga haciendo quack detrás del telón.

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