El domingo 22 de febrero una familia que conozco de cerca se disponía, como lo hacen todos los domingos, a ir a misa y de ahí, como de costumbre, dirigirse a algún lugar de Guadalajara a desayunar.
La familia está integrada por tres niños que rondan los 12 años de edad, en esa edad, donde los adolescentes están en la revolución de las hormonas contra las neuronas, y sus papás, quienes los tratan de educar bajo la fe y las tradiciones católicas.
Pero ese domingo fue muy diferente, los narcobloqueos estaban a unos metros de la casa de la familia, por lo que, en lugar de ir a misa, los niños y sus papás tuvieron que encerrarse en su casa, al igual que sus vecinos, para salvaguardar sus vidas de la violencia que se vivió muchas horas en las calles de Guadalajara.
El miedo en los rostros y la mente de los niños de ese día los marcó para siempre, sus vidas ya no volverán a ser las mismas, afuera los adultos se peleaban unos en favor de la autoridad y otros para imponer la violencia y seguir haciendo uso de la venta ilegal de drogas.
Soy un hombre liberal, que no practica ninguna religión, aún así hoy digo: sólo le pido a Dios que pare la violencia, que las autoridades puedan cumplir con su trabajo y obligaciones para que en un futuro todos los niños de hoy lleguen a ser los hombres del mañana, sin la tentación de dejar su juventud por atractivos que no son reales, ante la falta de valores y opciones de empleo.
A todos ellos les digo: ¡con los niños no! dejen que vivan su infancia sin temores, sin miedos, y que si quieren ir a misa los domingos con sus papás lo hagan, la libertad de vivir, es algo que nadie puede poner en riesgo.








