La relación México – EE. UU. atraviesa por un momento muy difícil
y de desconfianza mutua.
Los principales puntos de fricción entre México y EE. UU. son tres:
el fentanilo, el tráfico de armas y la creciente influencia comercial
de China en el continente y mientras Washington insiste en poner
el foco únicamente en el narcotráfico, México debe de señalar que
las armas que alimentan la violencia cruzan la frontera en sentido
contrario y un tercero que inquieta personalmente a Trump, es la
expansión de la influencia china en la cadena de suministros de
América del Norte no obstante su reciente viaje a China.
Trump entiende que el fentanilo es un problema social que
destruye comunidades y provoca una pérdida de productividad.
por lo que no es extraño que se mire desde una lógica casi
histórica. Basta con recordar la China del siglo XIX con las guerras
del opio, no solo fue un conflicto comercial fue el inicio del fin de
la hegemonía comercial del gigante asiático, desde adentro por
una crisis masiva de adicción.
EE. UU. teme estar viendo una crisis de drogas que termine
erosionando la estabilidad social, política y económica, pasando
de ser un asunto de salud pública a un asunto de seguridad
nacional.
EE. UU. no va a controlar la droga invadiendo y México no va a
acabar con los carteles solo con la Guardia Nacional.
Se debe tener una responsabilidad compartida: EE. UU. debe
regular las armas, el lavado de dinero y la demanda de droga; y
México debe controlar el tránsito de drogas y el lavado de dinero.
La reconstrucción de la relación no se trata de que México ceda a
las demandas de Washington, si no que ambos países entiendan
que sus problemas son compartidos.México y EE. UU. no deben de competir, se deben complementar,
tienen que establecer un diálogo donde se reconozcan
responsabilidades de cada uno, si no hay entendimiento habrá
problemas de comunicación política y en ese escenario ambos
países acaban perdiendo.








