Todos a la hoguera

por Sergio Martínez Chavarría
  1. Inglaterra. Muere Enrique VIII, el rey que cansado de pedir permiso a Roma para divorciarse, fundó su propia iglesia con el pragmatismo de un hombre que pedía el cheque y la pluma al mismo tiempo. Llega María Tudor, la hija católica, ferviente, dogmática, con el manual de instrucciones bajo el brazo y la leña lista. Su plan de gobierno: restablecer la fe. Su método: hoguera pública para herejes, hombres, mujeres, niños y quien se atreva a leer otra cosa que no sea el catecismo oficial. Todo por la unidad espiritual de la nación. Nada como un buen asado para fomentar el diálogo.

Avanza el calendario. Siglo XXI. Mismo libreto, diferente escenografía. El Monumento a la Revolución, que antes servía para eventos de Estado, ahora estrena su faceta de púlpito partidista. La máxima dirigente sube, baja el telón de la solemnidad y enciende el discurso: los herejes son todos los que no aplauden la Cuarta Transformación. Las estadísticas pueden decir misa, pero la misa oficial es otra. El país puede ir cuesta abajo con freno de mano roto, pero la doctrina dice que se va cuesta arriba con estilo. No obedecer es pecado. Pecar es votar mal. Votar mal es quemarse. Metafóricamente. Por ahora.

El S.A.T. se convierte en Santo Oficio tributario. Las brigadas del bienestar, en misioneros de puerta en puerta, catequizando con manta en mano. Arrancar una lona del partido equivocado es acto de fe. Amenazar con cortar el apoyo social si no vas al mitin es caridad moderna. “El pueblo es sabio”, dicen, siempre que el pueblo vote como indica el misal de la mañana. El mañanero, ese sermón diario, ya no informa: fusila. Con palabras, con descalificaciones, con la violencia verbal normalizada como quien normaliza el café amargo: porque es parte del ritual.

TV Azteca, medios independientes, líderes de opinión que aún creen que la libertad de expresión no es un adorno: todos al banquillo. Dividir a los mexicanos no es un defecto, es la estrategia. Si todos pelean entre sí, nadie mira el inventario. Y el inventario es jugoso: el país convertido en negocio patrimonial, herencia del aldeano moderno que confunde “servir a la nación” con “la nación me sirve a mí”. Conciencias incluidas en el paquete. Oferta del 3×2 en lealtades.

Y llega el delirio exterior: atacar a Estados Unidos y a Trump no es valentía, es el temblor del que sabe que el pacto con el diablo tiene fecha de caducidad. La mitad del territorio nacional repartida entre delincuentes que ya no se esconden, y el gobierno que sigue negando el humo mientras arde la casa. Pero claro, el humo es culpa de los críticos. Siempre de los críticos.

El resultado: una sociedad que ya no aplaude, se aleja. Las nuevas generaciones miran la política como quien mira un tiradero: con la nariz tapada y paso rápido. No es miedo lo que sienten, es asco. No es temor a la hoguera, es rechazo al hedor. El oropel de las movilizaciones ya no brilla, se descarapela. Los chantajes suenan a disco rayado. Las amenazas, a declaración de bancarrota moral.

La Cuarta Transformación se desmorona antes de las intermedias. Y desde el sur llegan cartas desde Palenque, instrucciones hereditarias, delfines nadando en Tabasco. Porque el proyecto no termina en un sexenio, termina cuando el patrimonio quede bien registrado a nombre correcto.

Así como María Tudor quiso obligar a todos los habitantes de su reino a volverse católicos, so pena de muerte, así el discurso que le enviaron de Palenque a la señora, y que fue refrendado por una inoperable, inoportuna e inexplicable carta del aldeano, donde por un lado condena a todos los que no piensan como ellos y los amenaza, y por otro lado se victimiza, sabiendo que son los próximos en la hoguera. Doble moral con olor a leña mojada: primero apilan el combustible, luego lloran por el humo.

Así que sí, todos a la hoguera. Pero cuidado: el fuego que encendieron para quemar adversarios ahora ilumina la escena. Y los únicos que van a oler a chamusco no son los ciudadanos. Son los que confundieron el poder con la Inquisición, el país con la sacristía, y la política con un auto de fe.

Como le pasó a la reina María Tudor, el fanatismo siempre termina igual: sola en el trono, rodeada de cenizas, y con la historia apuntando el dedo.

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