El 24 de febrero de 2022, Putin invadió Ucrania, una guerra que
desde el primer momento puso de manifiesto la dependencia
energética que Europa tenía en buena medida con el gas ruso.
Muchos líderes europeos, como Angela Merkel por ejemplo,
pensaban que con la compra de combustible a Rusia se establecía
una nueva alianza estratégica, fundamental para eliminar cualquier
conflicto entre Rusia y Europa, no había porqué tener miedo o
inseguridad.
Un poco más adelante, un 7 de octubre de 2023, Hamas cometió un
brutal atentado en Israel y la respuesta de Netanyahu no se hizo
esperar, lo que inició un genocidio contra Palestina.
La cifra de muertos, muchos de ellos niños todavía, no deja de
aumentar, las imágenes de horror vienen acompañadas de un apoyo
de Trump a Israel y la incapacidad del mundo para detener la
barbarie que se comete cada día.
Simplemente el derecho internacional ha quedado sepultado,
estamos en otra etapa de la humanidad, en un nuevo paradigma en
que el orden internacional está basado en reglas que agonizan.
La hegemonía y la razón de la fuerza de quienes pueden disponer de
mayor capacidad de fuego parecen estar consolidándose de manera
abierta, provocadora, incluso insultante.
En el pasado los estados se han impuesto con instrumentos
coercitivos, pero ahora lo hacen prescindiendo de disimulos, ajenos
a cualquiera de las reglas establecidas y consolidadas.La historia de la humanidad no se entiende sin las guerras, pero
ahora estamos ante una nueva soberanía de los países, en donde se
decide quién puede vivir y sobre todo quién puede morir.








